sábado, abril 14, 2012

"Piratas en el Callao" - Hernán Garrido-Lecca.


 
Piratas en el Callao
   
Una visita a la fortaleza del Real Felipe cuando había un halo sobre la isla San Lorenzo.

He esperado muchos años para escribir mi historia porque no tenía ni con qué ni dónde escribir y, además, porque nunca antes me atreví. Ahora, ya con esta larga barba blanca y con todo el poco resto de mi vista, he decidido que si me creen loco por lo que voy a contar, es sólo porque ésta es realmente la más increíble y extraña historia de piratas jamás contada. Es mi deseo que si esta crónica llega a ti, niño o niña, no se la cuentes a ninguna gente grande: ellos no entenderían. Y es mi deseo, también, que leas o escuches con atención, porque tú no estás libre de que algo así te pueda suceder: el que aprende por experiencia propia es un mortal inteligente, pero el que aprende de la experiencia ajena es un mortal sabio.

Todo empezó en algún momento del año de 1967. Yo tenía 7 años, acababa de hacer mi primera comunión y cursaba el segundo grado. Iba a un colegio en Bellavista, cerca del puerto del Callao, en el Perú. La vida del colegio estaba -no sé si por eso- muy ligada al mar, la marina y la historia del viejo puerto. Ese año -como todos los años- la maestra organizó un paseo al puerto, y ese año nos tocó ir al Real Felipe.

El Real Felipe es una fortaleza de piedra que domina toda la bahía del Callao. Es tan fuerte que asumo que si vas al Callao hoy en día todavía la puedes encontrar. Y es tan vieja que en el año que yo la visité por última vez ya tenía casi 200 años de construida.

Al despertar me encontré tendido sobre una playa. Supe que era algún lugar cerca del Callao porque frente a mí estaba la isla de San Lorenzo con su radiante halo de luz. Las bolicheras, los cargueros y los barcos de guerra ya no estaban. Había, en cambio, un maravilloso galeón con muchas velas. Estaba lejos.

Me paré para ir hacia él y me di con una hilera de casas, cientos de casas, casi todas a orillas de la playa. Como a uno o dos kilómetros había algunos edificios que parecían almacenes o bodegas de vino. Detrás de las casas había algunas chacras. Un camino las cruzaba y se perdía en la explanada. Al fondo, lejos, se veía un pueblo bastante más grande, a decir de las muchas torres de las tantísimas iglesias que tenía. Ahora que evoco ese recuerdo supongo que aquel pueblo era nada menos que la ciudad de Lima.

Cuando pensé que era raro que no hubiese gente, aparecieron, así, como de la nada, decenas de hombres, mujeres y niños, vestidos a la antigua, corriendo de un lado a otro, desesperados. Alcancé a entender que gritaban: "el Holandés está en la bahía".

Miré nuevamente hacia la bahía y encontré no menos de ocho barcos enfilando sus cañones hacia el puerto, hacia el Callao. Busqué con angustia el Real Felipe, la fortaleza irreductible que nos defendería. Pero fue en vano. No estaba por ninguna parte. Volví a mirar hacia San Lorenzo y estaba allí. Sin embargo, cuando repasé con la vista las casas, las calles y las gentes que me rodeaban -y la presencia de carruajes y no automóviles, entre otras cosas-, empecé a pensar que, efectivamente, algo raro sucedía. Todo parecía de otro tiempo. Y es que, en realidad, era otro tiempo. No quise hacerme más problemas al respecto y preferí aceptar que había viajado por algo así como un túnel del tiempo cuando caí al vacío luego de mover aquella extraña piedra. Acepté entonces, recién, que estaba en algún lugar del tiempo en donde el Real Felipe no había sido construido.

Corrí hacia las casas y entré a una en donde parecía que se reportaban los hombres que defenderían el Callao. Era una casona de madera, muy amplia y de techos altos. Allí, un oficial de alto rango, ante un mapa extendido sobre una larga mesa, explicaba a una veintena de militares y civiles que las barreras y rompientes edificadas unas hacia la boca del río Rímac y las otras al lado de los almacenes reales, serían los lugares sobre donde el Holandés seguramente cargaría al iniciarse el asalto.

Me sentí aliviado al escuchar que había 30 cañones de bronce para la defensa. Al terminar la explicación del oficial, algunos de los militares hicieron algunas preguntas sobre la estrategia de la defensa. Finalmente, cuando parecía que ya no habría más preguntas, una mujer que llevaba la expresión del valor pintada en el rostro se levantó de su silla y dijo:

- Soy Catalina Vilca Huamán; mis padres nacieron en el Callao y yo también. Mis hijos han nacido aquí y sus hijos también lo harán. Y si ese tal el Holandés decide desembarcar, quiero que ustedes sepan que mi madre, que aún vive, mi marido que es ciego y los seis hijos que he parido, estaremos todos en la playa para repelerle con el fuego de nuestras armas y la sangre de nuestras entrañas...

Y por ahí alguien gritó:

- ¡Viva el Callao! ¡Muerte al Holandés!

La reunión terminó y los asistentes se dirigieron a la puerta. Yo estaba parado junto al dintel y me sorprendí al ver que varios de ellos venían directamente hacia mí, como si pretendieran atravesarme. Uno de ellos se tropezó conmigo y retrocedió desconcertado para luego tocar el contorno del dintel con la palma de la mano, como buscando una explicación para su aparente torpeza. En medio de las sonrisas de quienes fueron testigos de la escena, el hombre optó par frotarse los ojos con ambas manos, a manera de excusa, y proseguir su camino hacia la calle. fue entonces cuando comprendí que a pesar de que yo los podía ver a todos, ellos no me podían ver a mí.

Era el 8 de mayo de 1624. Lo supe luego, al leer un parte que quedó sobre la larga mesa. El reporte había llegado dos días antes desde Mala, un pueblito como a 90 kilómetros al sur del Callao. Se trataba del pirata Jacques Heremite Clerk, también conocido como "L'Hermite", quien había zarpado de Goeree en la Zelanda. Su escuadra tenía no ocho sino once navíos, con 294 cañones y 1637 hombres. Me asusté mucho. ¿Qué podían hacer 30 cañones contra 294?

Corrí a la calle, como todos, y luego me dirigí a una de las defensas. Al caer la tarde, 8 galeones grandes y 4 más pequeños se acercaron a la rada por el lado norte, por un lugar que llamaban Bocanegra. Aunque todos esperaban el desembarco esa noche, nada pasó. Los nervios de los defensores estaban hechos trizas. Fue una larga, muy larga noche.

De cómo me enteré de que andaba perdido en el tiempo de los piratas

Esa mañana la ciudad amaneció como casi siempre: nublada. Sin embargo, recuerdo que desde el colegio, como en muy pocas mañanas, se divisaba la isla de San Lorenzo. Me llamó la atención el halo de luz radiante que rodeaba a la isla. Me pareció extraño, pero a los 7 años creo que uno piensa que lo raro no es nada más que algo que no hemos visto antes. Pero mi extrañeza no duró mucho: sonó el timbre y a formar fila.

Cuando hoy pienso en todo aquello, lamento no haber sido capaz de reconocer, en esas señales, esa luz de alerta que a veces se enciende en nosotros y que algunos suelen llamar presentimiento y otros tincada.

Subí al ómnibus muy orondo y feliz de haber pasado mi cuchillo suizo de contrabando dentro de mi lonchera. En el trayecto sólo pensaba en la cara de mis compañeros cuando, a la hora de refrigerio, sacase mi cuchillo suizo de uso múltiple y, casi como diciendo "qué-tanto-me-miran-nunca-han-visto-un-cuchillo-suizo", abriese mi gaseosa.

Entre tanto ensayo mental para aparentar la mayor destreza posible en el uso de mi cuchillo, el camino se me hizo nada. Cuando volví en mí, ya estaba frente a toda la imponencia del Real Felipe. El halo sobre San Lorenzo era ahora más brillante aún. Pero, como siempre, justo cuando uno empieza a imaginar las más distintas explicaciones, la voz de pito de la maestra me indicaba que me bajara del ómnibus y formara fila a un lado.

La visita se inició recorriendo el perímetro de la fortaleza. Desde los muros se veían los barcos anclados en la bahía. Eran muchos barcos: bolicheras, barcos de carga y hasta barcos de guerra. Siguiendo al guía de la visita, llegamos al Torreón del Rey. Había que cruzar un pequeño puente levadizo. Yo me quedé al final de la fila para saltar sobre el puente. Cuando entré al torreón, di vuelta a la izquierda y empecé a trepar por un pasadizo inclinado. Escuchaba la voz de la maestra y el murmullo de mis compañeros, pero no veía casi nada. Estaba muy oscuro. La maestra hablaba del calabozo y de cómo los prisioneros permanecían allí, casi sin espacio, durante días, meses y años. Seguí caminando y me encontré con otro pasadizo. Éste era un poco más estrecho y salía hacia la derecha del pasadizo principal. Nunca imaginé lo que viviría durante los días siguientes...

Tomé el pasadizo más estrecho y, allí sí, no veía nada. Caminaba a tientas, con los brazos estirados tocando arriba, abajo y a los lados y dando pasos muy cortos por si había alguna escalera. En eso, mi mano izquierda se encontró con un pedazo de piedra que sobresalía de una de las paredes. Toqué la forma con las dos manos tratando de imaginar qué era. Grité para llamar a mis compañeros pero no escuché mi voz ni tampoco la de ellos. Me colgué de la figura de piedra y no pasó nada. Ahora me doy cuenta de que, en realidad, yo quería que pasara algo.

Decidí entonces jalar la figura. No tuve más que moverla unos pocos centímetros hacia atrás y se abrió un hueco en el piso por el que caí, primero muy rápido y luego cada vez más lento y más lento, durante horas, hasta que creo que me quedé dormido. Nunca imaginé lo que viviría durante los días siguientes...

Un extraño encuentro o de cómo conocí y me hice amigo de Ignacio Pérez de Tudela

Al amanecer, caminé hacia la playa. Quería ver a los piratas lo más cerca que pudiese. La gente se movía de un lado a otro. Repentinamente, quedé frente a frente ante un niño de 10 ó 12 años. Él caminó hacia mí y me dijo:

- ¿Por qué estás vestido así?

- ¿Tú me puedes ver? -contesté.

- Sí. ¿Por qué estás vestido así?

- No me vas a creer pero vengo de otro tiempo. Vengo de tu futuro, le respondí con miedo a que se burlara de mí.

- Te creo. ¿Te das cuenta entonces que no debes temer a los pichelingues?

- ¿Quiénes son los pichelingues? y ¿por qué no habría de tenerles miedo?

- Son los holandeses: L 'Hermite y sus piratas. Y tú no tienes que tenerles miedo.... Ni siquiera te pueden ver...

- ¿Tú cómo sabes eso? ¿Y tú cómo me puedes ver?

- Muy simple, piensa un poco.

- No entiendo.

- Tú me puedes ver a mí y yo a ti ¿Qué concluyes?

- ¿Que tú tampoco eres del tiempo de estas gentes?

- Correcto. Yo vengo de 1866. El Real Felipe estaba siendo atacado por una escuadra española. Mi mamá, que estaba a cargo de la cocina, me envió a buscar a mi padre, que es artillero y estaba al mando de un grupo de cañones. Deambulaba por uno de los torreones en busca de mi papá, moví una piedra y aquí estoy... Llegué hace dos días...

- Sí, te entiendo. Yo vengo de 1967 y te tengo una buena noticia: la escuadra española se retiró vencida en 1866. Eso lo aprendí en el colegio: fue el 2 de mayo de 1866.

- Bueno saberlo pero aquí, hoy, no nos sirve de nada. ¿Sabes tú cómo acaba esta batalla?

- No. La verdad que no. Sólo sé que estamos en 1624.

Y pasamos la mañana tratando de imaginar cómo volver a nuestros tiempos. Mil y una ideas tuvimos y mil y una descartamos. Al atardecer, la flota invasora se había acercado más. El cerco impuesto era tan reducido que ya ninguna embarcación, por pequeña que fuese, podía entrar o salir de la rada si no era con el consentimiento de los piratas.

- A propósito ¿cómo te llamas? -pregunté.

- Ignacio, Ignacio Pérez de Tudela. ¿Y tú?

- Alberto, Alberto Gaveglio.

- Bueno, Alberto, creo que deberíamos ver cómo ayudamos.

- De acuerdo. Si no nos pueden ver, tratemos de llegar a alguno de los barcos.

- ¿Y cómo llegamos?

- Vamos al muelle y tomemos alguna chalana.

- ¿Chalana?

- Sí, un bote.

- ¿Y luego qué?

- No sé. Empecemos por allí.

Corrimos hasta el muelle y nos subimos a una chalana que partía hacia uno de los barcos defensores fondeados en la bahía. Luego de remar por veinte minutos -los marineros y no nosotros, por supuesto- llegamos al barco. Era un hermoso galeón y estaba cargado de harina, vino, pasas e higos y muchas gallinas. La tripulación se encontraba en estado de alerta. Y con razón...

A las pocas horas, los piratas tomaron nuestro barco por asalto. He de decir que el combate no fue tan fiero como yo lo hubiese imaginado. En menos de 20 minutos los pichelingues habían dominado la situación y los defensores se habían puesto a salvo en sus falúas.

¡Al abordaje! O cómo me hice un pirata más

Esa misma tarde, los hombres de L'Hermite tomaron otro galeón lleno de provisiones. Esta vez, sin embargo, Ignacio y yo estuvimos entre los asaltantes.

Fue una experiencia increíble. Iniciamos la persecución a la voz de "al ataque" del capitán de la nave. No nos tomó mucho tiempo alcanzar a nuestra víctima. Cuando estuvimos a 10 ó 20 metros pude ver los ojos aterrorizados de los marineros sobre la cubierta. Saltamos desde nuestro barco hacia el galeón en el preciso instante en que lo golpeamos por estribor y el capitán gritaba: ¡Al abordaje! Me sentí un pirata más. Gritamos como ellos y ni Ignacio ni yo nos pudimos controlar: tomamos nuestras respectivas espadas y luchamos codo a codo.

La tripulación del barco y los piratas suspendieron el combate al ver aquellas dos espadas batiéndose por sí solas en el aire. Algunos saltaron por la borda; otros, piratas y defensores por igual, se arrodillaron implorando perdón e invocando a docenas de santos. Al ver esto, Ignacio y yo nos detuvimos y dejamos caer nuestras espadas sobre la cubierta.

Entre un larguísimo silencio y con las caras aún pintadas de espanto, dos de los piratas fueron a dar el parte a L'Hermite. Ignacio y yo, también en silencio, llegamos, así, hasta el camarote del mismísimo Jacques L'Hermite, el Holandés.

L'Hermite era un hombre más bien bajo aunque, a primera vista, trajinado en la piratería. No sé por qué lo digo. Quizá sea por la aureola de solemnidad y terror que sentí que le rodeaba. No tenía ni parche en el ojo ni pata de palo.

El Holandés escuchó en silencio el parte de uno de sus hombres. No se inmutó, en lo absoluto, ante el relato de lo sucedido. Se limitó a decir que aquello de las espadas peleando solas en el aire era un mal augurio y, horas después, los 1637 hombres sabían lo ocurrido y lo dicho por L'Hermite. Nosotros lo escuchamos narrado por un cocinero portugués a su ayudante y prisionero, un gallego gordo que se comía hasta la cáscara de las papas que pelaba.

Los días pasan y el bloqueo continua


El 10 de junio L'Hermite ordenó que uno de sus navíos se acercase a tierra para probar la artillería del Callao. Al día siguiente, las escaramuzas continuaron, pero tan mala era la puntería de los que estaban en el fuerte que alguien dijo por allí que había espías en el Callao al servicio de los holandeses.

En los días que siguieron, Ignacio y yo nos dedicamos a vivir como piratas, aunque con algunas diferencias. ¿Por qué? Porque no sabíamos bien qué podíamos hacer sin que nos vieran y qué no. Lo primero que nos dimos cuenta es que no teníamos ni hambre ni sed y que, cualquiera fuese el alimento que nos lleváramos a la boca, al tocar nuestra saliva, desaparecía.

Así que luego de ver huir despavoridos a un par de piratas, decidimos dormir de día y vivir nuestra aventura de noche: de esta forma, cuando las pasas y los higos se elevaran y desaparecieran, ningún pobre pirata saldría corriendo del susto.

Y pasaron más o menos 20 días. Cantamos, bebimos, bailamos y escuchamos todo tipo de historias de asaltos, saqueos, duelos y tesoros. Supimos de un pirata que murió por decir, en medio de su borrachera, que guardaba el mapa de un tesoro en su morral. Amaneció muerto, desapareció el morral y no se supo quién lo hizo.

¡Viva el Callao! ¡Viva el Perú!


Una mañana, al despertarnos, Ignacio me sorprendió con una pregunta:

- Dime, Alberto, ¿hasta cuándo seremos piratas?

- ¿Por qué te preocupas de eso? Al fin y al cabo dejaste tu tiempo mientras luchabas contra los españoles y eso es precisamente lo que aquí estamos haciendo. ¿O no?

- Sí, pero ni tú ni yo somos holandeses sino peruanos. Y, en este tiempo, probablemente hubiésemos estado contra los piratas y no con ellos. ¿No entiendes?

- Sí, el Callao es lo nuestro y no estos barcos.

- Entonces, ¿qué hacemos? -volvió Ignacio a la carga.

- Bueno, nuestra misión es entonces destruir la fuerza invasora.

- Lo que es materialmente imposible, mi capitán -sentenció Ignacio (y yo me tomé muy serio lo de "capitán").

- Usted lo ha dicho, don Ignacio: materialmente imposible pero estratégicamente probable.

- ¿Cómo así?

- Mi capitán... "¿Cómo así, mi capitán?" Eso que quisiste decir, ¿no? -aclaré a Ignacio.

- Sí, mi capitán.

- Muy fácil. En lugar de hacer laberinto de noche, lo haremos de día y, como estos piratas son tan supersticiosos, se irán de aquí...

Y así fue. Ese mismo día, horas más tarde, hicimos todo aquello que sabíamos espantaría a los piratas: comimos uvas y tomamos vino sobre la cubierta y a plena luz del día; izamos y arreamos la bandera varias veces; hicimos rodar barriles de babor a estribor y viceversa; y, finalmente, levamos anclas y dejamos el barco a la deriva mientras el piloto logró recuperarse del susto. En menos de 6 horas, todos los hombres de L'Hermite hablaban de un motín para presionar a su almirante a levantar el bloqueo y zarpar rumbo a cualquier otra parte.

Todo hubiese sido perfecto si no se nos hubiese ocurrido trabarnos en un duelo de espadas sobre el propio puente de mando. El duelo venía causando la zozobra esperada pero, al ser avisado, L'Hermite se apareció en persona y nos tomó por sorpresa. Luego de varias semanas entre los piratas, ambos habíamos adquirido alguna destreza en el uso de aquellas armas, pero ello no era suficiente como para enfrentar al temido L'Hermite.

Y sucedió lo que tenía que suceder. En un descuido vi como L'Hermite atravesó el corazón de Ignacio, quien sólo alcanzó a gritar:

-¡Viva el Callao! ¡Viva el Perú!

Y su cuerpo pudo ser visto por una fracción de segundo por los horrorizados ojos de todos los piratas, a la vez que el eco de sus palabras se perdía luego de varios rebotes entre la isla de San Lorenzo y el puente...

No tuve tiempo de recuperarme pues L'Hermite lanzó una carga hacia mí. Yo no atiné a soltar la espada sino a hacerme a un lado y él se estrelló contra la baranda del puente. Se dio la vuelta y, antes que él pudiese dar el primer paso, cargué contra su cuerpo y le clavé mi espada en el estómago.

Me quedé inmóvil unos segundos. Solté la empuñadura y lo vi derribarse y caer sobre la cubierta. La tripulación quedó estupefacta. Yo me arrodillé y sólo atiné a rezar. Me di la vuelta buscando el cadáver de Ignacio pero él ya había desaparecido también para mis ojos. Entendí entonces que había regresado a su tiempo.

Sobre la retirada de los piratas y mi vida en San Lorenzo

Jacobo L'Hermite, el pirata holandés, fue enterrado por sus hombres en San Lorenzo. Era el 3 de junio del año 1624; así lo leí en un pedazo de madera tallada que dejaron los piratas sobre la arena que cubrió el cuerpo de su almirante. Eran los tiempos del Virrey Guadalcázar. Me senté a un lado de su tumba y pensé durante horas en lo sucedido y en cómo regresar a mi colegio, a mi casa, a mi tiempo.

En los días y semanas siguientes, los piratas se dedicaron a atacar otros puertos, aunque mantuvieron el bloqueo sobre el Callao. Casi un mes después, en los primeros días de julio, la flota enemiga levó anclas al mando de un tal Ghen Huigen. El Callao se había salvado.

Me tomó algunos meses comprender que me quedaría aquí, en San Lorenzo, por el resto de mi vida. Desde aquí he visto muchas cosas pasar en el Callao. Vi, por ejemplo, cómo se constituyó el Real Felipe y, muchos años más tarde, lo que creo fue el Combate del 2 de Mayo. Y así tantas otras cosas hasta que con el correr de otros muchos años y no sé por qué, me hice visible y empecé a envejecer. Lo extraño es que nunca he enfermado.

Todavía tengo mi cuchillo suizo. Los pescadores a veces se acercan a la playa y me dejan ropa. No me hablan porque me creen loco -pero son buenos.

Si lees esta historia o alguien te la cuenta es porque, como en otras historias de piratas, metí mi relato en una botella y la eché al mar. Y alguien la encontró. De todas maneras, si alguna vez navegas cerca de San Lorenzo, búscame: de repente todavía estoy aquí y me gustaría conocerte.

Hernán Garrido-Lecca.



jueves, noviembre 24, 2011

"Las medias de los flamencos" - Horacio Quiroga

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"Las medias de los flamencos"

Cierta vez las víboras dieron un gran baile. Invitaron a las ranas y a los sapos, a los flamencos, y a los yacarés y a los pescados. Los pescados, como no caminan, no pudieron bailar, pero siendo el baile a la orilla del río los pescados estaban asomados a la arena, y aplaudían con la cola.

Los yacarés, para adornarse bien, se habían puesto en el pescuezo un collar de bananas, y fumaban cigarros paraguayos. Los sapos se habían pegado escamas de pescado en todo el cuerpo, y caminaban meneándose, como si nadaran. Y cada vez que pasaban muy serios por la orilla del río, los pescados les gritaban haciéndoles burla.

Las ranas se habían perfumado todo el cuerpo, y caminaban en dos pies. Además, cada una llevaba colgada como un farolito, una luciérnaga que se balanceaba.

Pero las que estaban hermosísimas eran las víboras. Todas, sin excepción, estaban vestidas con traje de bailarina, del mismo color de cada víbora. Las víboras coloradas llevaban una pollerita de tul colorado, las verdes, una de tul verde, las amarillas, otra de tul amarillo, y las Yararás, una pollerita de tul gris pintada con rayas de polvo de ladrillo y ceniza, porque así es el color de las yararás.

Y las más espléndidas de todas eran las víboras de coral, que estaban vestidas con larguísimas gasas rojas, blancas y negras, y bailaban como serpentinas. Cuando las víboras danzaban y daban vueltas apoyadas en la punta de la cola, todos los invitados aplaudían como locos.

Sólo los flamencos, que entonces tenían las patas blancas, y tienen ahora como antes la nariz muy gruesa y torcida, sólo los flamencos estaban tristes, porque como tienen muy poca inteligencia, no habían sabido cómo adornarse. Envidiaban el traje de todos, y sobre todo el de las víboras de coral. Cada vez que una víbora pasaba por delante de ellos, coqueteando y haciendo ondular las gasas de serpentinas, los flamencos se morían de envidia.

Un flamenco dijo entonces.

- Yo sé lo que vamos a hacer. Vamos a ponernos medias coloradas, blancas y negras, y las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

Y levantando todos juntos el vuelo, cruzaron el río y fueron a golpear en un almacén del pueblo.

- ¡Tan-tan! - pegaron con las patas.

- ¿Quién es? - respondió el almacenero.

- Somos los flamencos. ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?

- No, no hay - contestó el almacenero -. ¿Están locos? En ninguna parte van a encontrar medias así.

Los flamencos fueron entonces a otro almacén.

- ¡Tan-tan! ¿Tiene medias coloradas, blancas y negras?

El almacenero contestó:

- ¿Cómo dice? ¿Coloradas, blancas y negras? No hay medias así en ninguna parte. Ustedes están locos. ¿Quienes son?

- Somos los flamencos - respondieron ellos.

y el hombre dijo:

- entonces son con seguridad flamencos locos.

Fueron a otro almacén.

- ¡Tan-tan! ¿Tiene medias coloradas, blancas u negras?

El almacenero gritó:

-¡De qué color? ¿Coloradas blancas y negras?

Solamente a pájaros narigudos como ustedes se les ocurre pedir medias así. ¡Váyanse en seguida!

Y el hombre los echó con la escoba.

Los flamencos recorrieron así todos los almacenes, y de todas partes los echaban por locos.

Entonces un tatú que había ido a tomar agua al río, se quiso burlar de los flamencos y les dijo, haciéndoles un gran saludo:

- ¡Buenas noches, señores flamencos! Yo sé lo que ustedes buscan. -No van a encontrar medias así en un almacén. Tal vez haya en Buenos Aires, pero tendrán que pedirlas por encomienda postal. Mi cuñada, la lechuza, tiene medias así. pídanselas, y ella les va a dar medias coloradas, blancas y negras.

Los flamencos le dieron las gracias, y se fueron volando a la cueva de la lechuza. Y le dijeron.

- ¡Buenas noches, lechuza! Venimos a pedirte las medias coloradas, blancas y negras. Hoy es el gran baile de las víboras, y si nos ponemos esas medias, las víboras de coral se van a enamorar de nosotros.

- ¡Con mucho gusto!- respondió la lechuza -. Esperen un segundo, y vuelvo enseguida.

Y echando a volar, dejó solos a los flamencos, y al rato volvió con las medias. Pero no eran medias, sino cueros de víboras de coral, lindísimos cueros sacados a las víboras que la lechuza había cazado.

- Aquí están las medias- les dijo la lechuza -. No se preocupen de nada, sino de una sola cosa. Bailen toda la noche, bailen sin parar un momento,  bailen de costado, de pico, de cabeza, como ustedes quieran; pero no paren un momento, porque en vez de bailar van entonces a llorar.

Pero los flamencos como son tan tontos, no comprendían bien qué gran peligro había para ellos en eso, y locos de alegría se pusieron los cueros de víboras de coral, como medias, metiendo las patas dentro de los cueros, que eran como tubos. Y muy contentos se fueron volando al baile.

Cuando vieron a los flamencos con sus hermosísimas medias, todos les tuvieron envidia. Las víboras querían bailar con ellos, únicamente, y como los flamencos no dejaban un instante de mover las patas, las víboras no podían ver bien de qué estaban hechas aquellas preciosas medias.

Pero poco a poco, sin embargo, las víboras comenzaron a desconfiar. Cuando los flamencos pasaban bailando al lado de ellas, se agachaban hasta el suelo para ver bien.

Las víboras de coral, sobre todo, estaban muy inquietas. No apartaban la vista de las medias y se agachaban también tratando de tocar con la lengua las patas de los  flamencos. Pero los flamencos bailaban y bailaban sin cesar aunque estaban cansadísimos y ya no podían más.

Las víboras de coral, que conocieron esto, pidieron enseguida a las  ranas sus farolitos, que eran bichitos de luz y esperaron todas juntas a que los flamencos se cayeran de cansados.

Efectivamente, un minuto después, un flamenco, que ya no podía más, tropezó con el cigarro de un yacaré, se tambaleó y cayó al costado. Enseguida las víboras de coral corrieron con sus farolitos, y alumbraron bien las patas del flamenco. Y vieron qué eran aquellas medias, y lanzaron un silbido que se oyó desde la otra orilla del Paraná.

- ¡No son medias! - gritaron las víboras -. ¡Sabemos lo que es! ¡Nos han engañado! ¡Los flamencos han matado a nuestras hermanas y se han puesto sus cueros como medias! ¡las medias que tienen son de víboras de coral!

Al oír esto, los flamencos, llenos de miedo porque estaban descubiertos, quisieron volar; pero estaban tan cansados que no pudieron levantar una sola pata. Entonces las víboras de coral se lanzaron sobre ellos, y enroscándose en sus patas les deshicieron a mordiscones las medias. Les arrancaron las medias a pedazos, enfurecidas, y les mordían también las patas, para que murieran.

Los flamencos, locos de dolor, saltaban de un lado a otro sin que las víboras de coral se desenroscaran de sus patas. Hasta que al fin, viendo que ya no quedaba un solo pedazo de media, las víboras los dejaron libres, cansadas y arreglándose las gasas de sus trajes de baile.

Además, las víboras de coral estaban seguras de que los flamencos iban a morir, porque la mitad, por lo menos, de las víboras de coral que los habían mordido, eran venenosas.

Pero los flamencos no murieron. Corrieron a echarse al agua, sintiendo un grandísimo dolor. Gritaban de dolor,  y sus patas, que eran blancas, estaban entonces coloradas por el veneno de las víboras. Pasaron días y días, y siempre sentían terrible ardor en las patas, y las tenían siempre de color sangre, porque estaban envenenadas.



Hace de esto muchísimo tiempo.  Y ahora todavía están los flamencos casi todo el día con sus patas coloradas metidas en el agua, tratando de clamar el ardor que sienten en ellas.

A veces se apartan de la orilla, y dan unos pasos por la tierra, para ver cómo se hallan. Pero los dolores del veneno vuelven en seguida, y corren a meterse en el agua. A veces el ardor que sienten es tan grande que, encogen una pata y quedan así horas enteras, porque no pueden estirarla.

Esta es la historia de los flamencos, que antes tenían las patas blancas y ahora las tienen coloradas. Todos los pescados saben por qué es, y se burlan de ellos. Pero los flamencos, mientras se curan en el agua, no pierden ocasión de vengarse, comiéndose a cuanto pescadito se acerca demasiado a burlarse de ellos.

Horacio Quiroga

(de "Cuentos de la selva") 

 

viernes, octubre 07, 2011

"El centenario" - Augusto Monterroso

 
El centenario

..lo que me recuerda ­dije yo­ la historia del malogrado sueco Orest Hanson, el hombre más alto del mundo (en sus días. Hoy la marca que impuso se ve abatida con frecuencia). En 1892 realizó una meritoria gira por Europa exhibiendo su estatura de dos metros cuarenta y siete centímetros. Los periodistas, con la imaginación que los distingue, lo llamaban el hombre jirafa.

Imaginen. Como la debilidad de sus articulaciones no le permitía hacer casi ningún esfuerzo, para alimentarlo era preciso que algún familiar suyo se encaramara en las ramas de un árbol a ponerle en la boca bolitas especiales de carne molida, y pequeños trozos de azúcar de remolacha, como postre. Otros parientes le ataban las cintas de los zapatos. Otro más vivía siempre atento a la hora en que Orest necesitaba recoger del suelo algún objeto que por descuido, o por su peculiar torpeza, se le escapara de las manos. Orest atisbaba las nubes y se dejaba servir. En verdad, su reino no era de este mundo, y se podía adivinar en sus ojos tristes y lejanos una persistente nostalgia por las cosas terrenales. En el fondo de su corazón sentía especial envidia por los enanos, y se soñaba siempre tratando, sin éxito, de alcanzar los aldabones de las puertas y echando a correr, como en las tardes de su niñez.

Su fragilidad llegaba a extremos increíbles. Mientras iba de paseo por las calles cada paso suyo hacía temer, aun a los transeúntes escandinavos, un aparatoso desplome. Con el tiempo sus padres dieron muestras de ávido pragmatismo (que mereció más de una crítica) al decidir que Orest saliera únicamente los domingos, precedido de su tío carnal, Erick, y seguido de Olaf, sirviente, quien recibía en un sombrero las monedas que las almas sentimentales se creían en la obligación de pagar por aquel espectáculo lleno de gravitante peligro. Su fama creció.

Recuérdenlo: no hay dicha completa. Poco a poco en el alma infantil de Orest empezó a filtrarse una irresistible afición por aquellas monedas. Finalmente, esta legítima atracción por el metal acuñado vino a determinar su derrumbe y la razón de su extraño fin, que se verá en el lugar oportuno. Barnum lo convirtió en profesional. Pero Orest no sentía el llamado del arte, y el circo sólo le interesó como fuente de dinero. Por otra parte, su espíritu aristocrático no resistía ni el olor de los leones ni que la gente le tuviera lástima. Dijo adiós a Barnum.

A la edad de diecinueve años medía dos metros cuarenta y cinco. Después vino un receso tranquilizador, y sólo a los veinticinco descubrió su estatura normal de dos cuarenta y siete, que ya no lo abandonó hasta la hora de la muerte. El descubrimiento se produjo así. Invitado a visitar Londres por un gracioso capricho de Sus Majestades Británicas, se dirigió al consulado de Inglaterra en Estocolmo para obtener la visa. El cónsul inglés, como tal, lo recibió sin mayores muestras de asombro, y aun se atrevió a preguntarle por sus señas particulares, y a dudar de que midiera dos metros cuarenta y cinco a la hora de hacer la filiación. Cuando el cartabón reveló que eran dos cuarenta y siete, el cónsul hizo el tranquilo gesto que significa ``Ya lo decía yo''. Orest no dijo nada. Se acercó en silencio a la ventana y desde allí, resentido, contempló durante largos minutos el mar agitado y el cielo azul en calma.

En adelante la curiosidad de los reyes europeos elevó sus ingresos. En poco tiempo llegó a ser uno de los gigantes más ricos del Continente, y su fama se extendió incluso entre los patagones, los yaquis y los etíopes. En aquella revista que Rubén Darío dirigía en París pueden verse dos o tres fotografías de Orest, sonriente al lado de las más encumbradas personalidades de entonces; documentos gráficos que el alto poeta publicó en el décimo aniversario de su muerte, a manera de homenaje tan merecido como póstumo.

De pronto su nombre descendió de los periódicos.

Pero a pesar de todas las maniobras que se han fraguado para mantener en secreto las causas que concurrieron a su inesperado ocaso, hoy se sabe que murió trágicamente en México durante las Fiestas del Centenario, a las que asistió invitado de manera oficial. Las causas fueron veinticinco fracturas que sufrió por agacharse a recoger una moneda de oro (precisamente un ``centenario'') que en medio de su rastrero entusiasmo patriótico le arrojó el chihuahueño y oscuro Silvestre Martín, esbirro de don Porfirio Díaz.


Augusto Monterroso


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Augusto Monterroso nació en Honduras, el 21 de diciembre de 1921. Radica en la ciudad de México desde 1944. Estudió filología, becado por El Colegio de México. En la Universidad Nacional Autónoma de México fue editor de la Dirección General de Publicaciones y de la Coordinación de Humanidades, En el INBA fue coordinador del Taller de narrativa.

Como diplomático fungió como vicecónsul de Guatemala en México; primer secretario de la Embajada y cónsul de Guatemala en Bolivia. Ha recibido premios internacionales como el Premio de Cuento Nacional, Saker Ti, Guatemala en 1952; la Orden del Águila Azteca que otorga el gobierno de México, 1988 y el premio IILA del Instituto Italo-Latinoamericano de Roma en 1993.

Premio Juan Rulfo en 1996, Premio Nacional de Literatura Miguel Angel Asturias, 1997.

"Soy, me siento y he sido siempre guatemalteco; pero mi nacimiento ocurrió en Tegucigalpa, la capital de Honduras, el 21 de diciembre de 1921. Mis padres, Vicente Monterroso, guatemalteco, y Amelia Bonilla, hondureña; mis abuelos, Antonio Monterroso y Rosalía Lobos, guatemaltecos, y César Bonilla y Trinidad Valdés, hondureños. En la misma forma en que nací en Tegucigalpa, mi feliz arribo a este mundo pudo haber tenido lugar en la ciudad de Guatemala. Cuestión de tiempo y azar."
 

lunes, octubre 03, 2011

"El Barón Rampante" - Italo Calvino



El Barón Rampante
Italo Calvino

Ahora yo no sé que nos traerá este siglo decimonono, que ha comenzado mal y que continúa cada vez peor. Gravita sobre Europa la sombra de la Restauración; todos los innovadores -fueran jacobinos o bonapartistas-, derrotados; el absolutismo y los jesuitas han recobrado su espacio; los ideales de la juventud, las luces, las esperanzas de nuestro siglo decimoctavo, todo son cenizas.

Yo confío mis pensamientos a este cuaderno, no sabría expresarlos de otro modo: he sido siempre un hombre sosegado, sin grandes impulsos o manías, padre de familia, de linaje noble, ilustrado de ideas, respetuoso de las leyes. Los excesos de la política nunca me han dado sacudidas demasiado fuertes, y espero que continúe así. Pero dentro, ¡qué tristeza!

Antes era distinto, estaba mi hermano; que decía: «está ya él que piensa», y yo me dedicaba a vivir. La señal de que las cosas han cambiado para mí no ha sido ni la llegada de los austrorrusos, ni la anexión al Piamonte, ni los nuevos impuestos o qué sé yo, sino el no verlo ya a él, al abrir la ventana, allá arriba en equilibrio. Ahora que él no está, me parece que tendría que pensar en muchas cosas, filosofía, política, historia, sigo las gacetas, leo los libros, me rompo la cabeza con ellos, pero lo que quería decir él no se presenta, es otra cosa lo que él pretendía, algo que lo abarcase todo, y no podía decirlo con palabras, sino viviendo como vivió. Sólo siendo tan despiadadamente él mismo como fue hasta su muerte, podía dar algo a todos los hombres.

Recuerdo cuando enfermó. Nos dimos cuenta porqué llevó su yacija al gran nogal allí en medio de la plaza. Antes los lugares donde dormía los había tenido siempre escondidos, con su instinto selvático. Ahora sentía la necesidad de estar siempre a la vista de los demás. A mí se me encogió el corazón: siempre había pensado que no le gustaría morir solo, y aquello quizá era ya un signo. Le mandamos un médico, con una escalera; cuando bajó hizo una mueca y abrió los brazos.

Subí yo por la escalera. «Cósimo -empecé a decirle-, tienes sesenta y cinco años cumplidos, ¿cómo puedes continuar, estando allí arriba?. A estas alturas lo que querías decir lo has dicho, lo hemos entendido, ha sido una gran fuerza de ánimo la tuya, lo has conseguido, ahora puedes bajar. Incluso quien ha pasado toda su vida en el mar llega a una edad en la que desembarca»

Pero qué va. Dijo que no con la mano. Ya casi no hablaba. Se levantaba, de vez en cuando, envuelto en una manta hasta la cabeza, y se sentaba en una rama a disfrutar de un poco de sol. Más allá no se desplazaba. Había una vieja del pueblo, una santa mujer (quizá una antigua amante suya), que iba a asearlo, a llevarle platos calientes. Teníamos la escalera de mano apoyada contra el tronco, porque había siempre necesidad de subir a ayudarlo, y también porque se esperaba que se decidiese de un momento a otro a bajar. (Lo esperaban los demás; yo sabía muy bien cuál era su naturaleza.) Alrededor, en la plaza, había siempre un corro de gente que le hacía compañía, hablando entre sí y a veces dirigiéndole también algunas palabras, aunque se sabía que no tenía ya ganas de hablar.

Se agravó. Izamos un lecho al árbol, conseguimos mantenerlo en equilibrio; se acostó de buen grado. Tuvimos remordimientos por no haberlo pensado antes; a decir verdad él las comodidades nos las rechazaba nunca: aunque viviese en los árboles, siempre había tratado de vivir lo mejor posible. Entonces nos apresuramos a darle otras comodidades: esteras para resguardarlo del aire, un baldaquino, un brasero. Mejoró un poco, y le llevamos una butaca, la aseguramos entre dos ramas; empezó a pasarse los días allí, envuelto en sus mantas.

Pero una mañana no lo vimos ni en la cama ni en la butaca, alzamos la mirada, atemorizados: había subido a la cima del árbol y estaba a horcajadas de una rama altísima, con sólo una camisa encima.

-¿Qué haces ahí arriba?

No respondió. Estaba medio rígido. Parecía que estuviese allá en lo alto por milagro. Preparamos una gran sábana de esas de recoger aceitunas, y nos pusimos unos veinte a mantenerla extendida, ya que se esperaba que cayese.

Mientras tanto subió el médico, le fue difícil, hubo que atar dos escaleras una sobre otra. Bajó y dijo: «Que vaya el cura»

Ya habíamos acordado que probase un tal don Pericle, amigo suyo, cura constitucional en tiempo de los franceses, inscripto en la Logia cuando todavía no estaba prohibido al clero, y que recientemente había sido readmitido a sus funciones por el obispado, después de muchas peripecias. Subió con los ornamentos y los óleos, y detrás el monaguillo. Estuvo un rato allá arriba, parecían confabular, luego descendió.

-¿Los ha recibido, los sacramentos, don Pericle?

-No, no, pero dice que está bien, que para él está bien así.- No conseguimos sacarle nada más.

Los hombres que sostenían la sábana estaban cansados. Cósimo estaba allá arriba y no se movía. Empezó a soplar el viento, era lebeche, la cumbre del árbol oscilaba, nosotros estábamos preparados. En eso apareció en el cielo una mongolfiera.

Ciertos aeronautas ingleses hacían experiencias de vuelo en mongolfiera sobre la costa. Era un hermoso globo, adornado con flecos y franjas y borlas, con una barquilla de mimbre colgada: y dentro dos oficiales con charreteras de oro y agudos bicornios, miraban con anteojos el paisaje que tenían debajo. Dirigieron los anteojos a la plaza, observando al hombre del árbol, la sábana extendida, el gentío, aspectos extraños del mundo. También Cósimo había alzado la cabeza, y miraba con atención el globo.

Cuando de pronto la mongolfiera fue cogida por una racha de lebeche; comenzó a correr con el viento girando como una peonza, e iba hacia el mar. Los aeronautas, sin perder el ánimo, se afanaban por reducir -creo- la presión del globo y al mismo tiempo arrojaron el ancla para tratar de aferrarse a algún agarradero. El ancla volaba plateada en el cielo colgada de una larga cuerda, y al seguir oblicuamente la carrera del globo ahora pasaba sobre la plaza y estaba poco más o menos a la altura de la cima del nogal, hasta el punto de que temimos que golpeara a Cósimo. Pero no podíamos suponer lo que un instante después verían nuestros ojos.

El agonizante Cósimo, en el momento en qué la soga del ancla le pasó cerca, pegó un salto de aquellos que le eran habituales en su juventud, se agarró a la cuerda, con los pies en el ancla y el cuerpo encogido, y así lo vimos volar lejos, arrastrado por el viento, frenando apenas la carrera del globo, y desaparecer hacia el mar...

La mongolfiera, tras atravesar el golfo, consiguió aterrizar luego en la otra orilla. Colgada de la cuerda estaba solo el ancla. Los aeronautas, demasiado ocupados en mantener el rumbo, no se habían dado cuenta de nada. Se supuso que el viejo moribundo había desaparecido mientras volaba en medio del golfo.

Así desapareció Cósimo, y no nos dió siquiera la satisfacción de verlo volver a la tierra muerto. En la tumba de la familia hay una estela que lo recuerda con el escrito: «Cósimo Piovasco de Rondó -Vivió en los árboles -Amó siempre la tierra -Subió al cielo»


De vez en cuando interrumpo lo que escribo y voy a la ventana. El cielo está vacío, y a nosotros los viejos de Ombrosa, acostumbrados a vivir bajo aquellas verdes cúpulas, nos daña los ojos mirarlo. Se diría que los árboles no han resistido, después de que mi hermano se marchó, o que los hombres han sido presa de la furia del hacha. Además, la vegetación ha cambiado: no más acebos, olmos, robles: ahora África, Australia, América, la India alargan hasta aquí ramas y raíces. Las plantas antiguas han retrocedido hacia lo alto: en las colinas los olivos, y en los bosques de los montes, pinos y castaños; más abajo la costa en una Australia roja de eucaliptus, elefantesca de ficus, plantas de jardín enormes y solitarias, y todo el resto son palmeras, con sus mechones despeinados, árboles inhóspitos del desierto.

Ombrosa ya no existe. Mirando el cielo despejado me pregunto si en verdad ha existido. Aquella profusión de ramas y hojas, bifurcaciones, lóbulos, penachos, diminuta y sin fin, y el cielo sólo en relumbrones irregulares y recortados, quizá existía solamente para que pasase mi hermano con su ligero paso de chamarón, era un bordado hecho sobre la nada que se asemeja a este hilo de tinta tal como lo he dejado correr por páginas y páginas, atestado de tachaduras, de remisiones, de borrones nerviosos, de manchas, de lagunas, que a ratos se desgrana en gruesas uvas claras, a ratos se espesa en signos minúsculos como semillas puntiformes, ora se retuerce sobre sí mismo, ora se bifurca, ora enlaza grumos de frases de contornos de hojas o de nubes, y luego se atasca, y luego vuelve a enroscarse, y corre y corre y se devana y envuelve un último racimo insensato de palabras, ideas, sueños y se acaba.

 

sábado, agosto 27, 2011

"Los dos reyes y los dos laberintos" - Jorge Luis Borges

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Los dos reyes y los dos laberintos
Jorge Luis Borges

Cuentan los hombres dignos de fe (pero Alá sabe más) que en los primeros días hubo un rey de las islas de Babilonia que congregó a sus arquitectos y magos y les mandó construir un laberinto tan perplejo y sutil que los varones más prudentes no se aventuraban a entrar, y los que entraban se perdían. Esa obra era un escándalo, porque la confusión y la maravilla son operaciones propias de Dios y no de los hombres. Con el andar del tiempo vino a su corte un rey de los árabes, y el rey de Babilonia (para hacer burla de la simplicidad de su huésped) lo hizo penetrar en el laberinto, donde vagó afrentado y confundido hasta la declinación de la tarde. Entonces imploró socorro divino y dio con la puerta. Sus labios no profirieron queja ninguna, pero le dijo al rey de Babilonia que él en Arabia tenía otro laberinto y que, si Dios era servido, se lo daría a conocer algún día. luego regresó a Arabia, juntó sus capitanes y sus alcaides y estragó los reinos de Babilonia con tan venturosa fortuna que derribó sus castillos, rompió sus gentes e hizo cautivo al mismo rey. Lo amarró encima de un camello veloz y lo llevó al desierto. Cabalgaron tres días, y le dijo: "Oh, rey del tiempo y substancia y cifra del siglo!, en Babilonia me quisiste perder en un laberinto de bronce con muchas escaleras, puertas y muros; ahora el Poderoso ha tenido a bien que te muestre el mío, donde no hay escaleras que subir, ni puertas que forzar, ni fatigosas galerías que recorrer, ni muros que te veden el paso".

Luego le desató las ligaduras y lo abandonó en la mitad del desierto, donde murió de hambre y sed. La gloria sea con Aquel que no muere.

Jorge Luis Borges
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viernes, julio 15, 2011

"Teología/3" - Eduardo Galeano

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Teología/3

FE de erratas: donde el Antiguo Testamento dice lo que dice, debe decir lo que quizá me ha confesado su principal protagonista:

Lástima que Adán fuera tan bruto. Lástima que Eva fuera tan sorda. Y lástima que yo no supe hacerme entender. Adán y Eva eran los primeros seres humanos que de mi mano nacían, y reconozco que tenían ciertos defectos de estructura, armado y terminación. Ellos no estaban preparados para escuchar, ni para pensar. Y yo... bueno, quizá yo no estaba preparado para hablar. Antes de Adán y Eva, nunca había hablado con nadie. Yo había pronunciado bellas frases, como «Hágase la luz», pero siempre en soledad. Así que aquella tarde, cuando me encontré con Adán y Eva a la hora de la brisa, no fui muy elocuente. Me faltaba práctica.

Lo primero que sentí fue asombro. Ellos acababan de robar la fruta del árbol prohibido, en el centro del Paraíso. Adán había puesto cara de general que viene de entregar la espada y Eva miraba al suelo, como contando hormigas. Pero los dos estaban increíblemente jóvenes y bellos y radiantes. Me sorprendieron. Yo los había hecho; pero yo no sabía que el barro podía ser luminoso.

Después, lo reconozco, sentí envidia. Como nadie puede darme órdenes, ignoro la dignidad de la desobediencia. Tampoco puedo conocer la osadía del amor, que exige dos. En homenaje al principio de autoridad, me aguanté las ganas de felicitarlos por haberse hecho súbitamente sabios en pasiones humanas.

Entonces, vinieron los equívocos. Ellos entendieron caída donde yo hablé de vuelo. Creyeron que un pecado merece castigo si' es original Dije que peca quien desama: entendieronron que peca quien ama. Donde anuncié pradera de fiesta, entendieron valle de lágrimas. Dije que el dolor era la sal que daba gustito a la aventura humana: entendieron que yo los estaba condenando al otorgarles la gloria de ser mortales y loquitos. Entendieron todo al revés, Y se lo creyeron.

Ultimamente ando con problemas de insomnio. Desde hace algunos milenios, me cuesta dormir. Y dormir me gusta, me gusta mucho, porque cuando duermo, sueño. Entonces me hago amante o amanta, me quemo en el fuego fugaz de los amores de paso, soy cómico de la legua, pescador de alta mar o gitana adivinadora de la suerte; del árbol prohibido devoro hasta las hojas y bebo y bailo hasta rodar por los suelos...

Cuando despierto, estoy solo. No tengo con quien jugar, porque los ángeles me toman tan en serio, ni tengo a quien desear. Estoy condenado a desearme a mí mismo. De estrella en estrella ando vagando, aburriéndome en el universo vacío. Me siento muy cansado, me siento muy solo. Yo estoy solo, yo soy solo, solo por toda la eternidad.


Eduardo Galeano: "EL Libro de los Abrazos"
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miércoles, junio 15, 2011

"Historias de Cronopios y de Famas" - Julio Cortázar

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Historias de Cronopios y de Famas

Cuando los famas salen de viaje, sus costumbres al pernoctar en una ciudad son las siguientes: Un fama va al hotel y averigua cautelosamente los precios, la calidad de las sábanas y el color de las alfombras. El segundo se traslada a la comisaría y labra un acta declarando los muebles e inmuebles de los tres, así como el inventario del contenido de sus valijas. El tercer fama va al hospital y copia las listas de los médicos de guardia y sus especialidades.
   
Terminadas estas diligencias, los viajeros se reúnen en la plaza mayor de la ciudad, se comunican sus observaciones, y entran en el café a beber un aperitivo. Pero antes se toman de las manos y danzan en ronda. Esta danza recibe el nombre de "Alegría de los famas".

Cuando los cronopios van de viaje, encuentran los hoteles llenos, los trenes ya se han marchado, llueve a gritos, y los taxis no quieren llevarlos o les cobran precios altísimos. Los cronopios no se desaniman porque creen firmemente que estas cosas les ocurren a todos, y a la hora de dormir se dicen unos a otros: "La hermosa ciudad, la hermosísima ciudad". Y sueñan toda la noche que en la ciudad hay grandes fiestas y que ellos están invitados. Al otro día se levantan contentísimos, y así es como viajan los cronopios.

Las esperanzas, sedentarias, se dejan viajar por las cosas y los hombres, y son como las estatuas que hay que ir a verlas porque ellas ni se molestan.

Julio Cortázar
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